sábado, 16 de febrero de 2013

Contra la inercia de la neutralidad


Es innegable que todos contamos con una serie de ideas y valores, más o menos arraigados, que guían nuestros actos y en cierta manera, deforman nuestra visión del mundo. El espectador de un telediario o el lector de un periódico ante cualquier titular, aún pretendidamente veraz y objetivo, recibirá la información junto con otra abultada cantidad de conjeturas, juicios de valor y demás artíficos pergeñados por su mente subjetiva. Una labor encomiable sin duda, la de tratar de hacer llegar la información reducida al mínimo objetivo de la comunicación neutra de datos, pero también ingenua, pues olvida el infinito cromatismo ideológico del público y los periodistas, que envolverá cualquier intento de imparcialidad.


Se convierte por tanto en algo, si no imprescindible, si necesario, dotar a nuestra labor periodística de un barniz militante, entendido este como un enfoque más humano y comprometido con causas que considere justas. Otorgamos valor a lo que trasmitimos, dando recorrido a nuestras ideas, entendiendo la profesión como un medio para un fin más elevado que el de informar, el de motor de perfeccionamiento y mejora social. Probablemente se tropiece con la propia subjetividad del periodista, por ello la aspiración no debe ser un ufano sentimiento de  neutralismo e imparcialidad, apostando por el tratamiento y la consecución de una labor comprometida, responsable y honrada.

Para calibrar con acierto nuestra postura es absurdo encadenarse a una enumeración fija de dogmas, debemos siempre tratar de buscar el enfoque que consideremos más adecuado, habiendo para ello tomado en cuenta muchos otros y descartarlos para alcanzar el que consideramos más cabal. Este enfoque lo haremos nuestro, tratando de darle la mayor relevancia y defendiéndolo ante posturas erróneas o nocivas.

En el proceso, de ser necesario, deberemos morder la posible mano que nos da de comer e incluso confrontarnos con los más firmes de nuestros seguidores al sentir que nuestra actitud es la justa. De igual modo aun habiendo podido aupar ciertas ideas, e incluso siendo el foco de poder el depositario de nuestros objetivos, esta actitud crítica debe permanecer, no entendida como una ciega oposición, sino como una vigilancia coherente y que se adecúa a las situaciones. Se configura así un poder real de la prensa cuando no actúa bajo neutralidades cobardes o una politización de partido, que restringe cualquier voz contraria y obedece a unos objetivos que no son los defendibles o recomendables para la sociedad.

Por supuesto, esto provoca la aparición de diversas posturas que defienden muy diversas realidades, y que apuestan por centrar el foco de su interés en temas muy heterogéneos. En principio esto parece aumentar las posibilidades del que pretende ser informado, que cuenta con un amplio abanico de opciones y puntos de vista, pero con el predecible y perjudicial resultado de una información viciada y confusa que obviamente hace desconfiar al sobreexpuesto público. Trataremos por tanto de combatir este ambiente tan contaminado con una defensa firme de nuestras ideas, pero no por ello tramposa. Es crucial incorporar en nuestros trabajos una labor responsable, cargada de razones y argumentos que convenzan, pero que se libren de todo oportunismo y conveniencia. No se puede perder el rumbo en pos de una causa justa, transformando información en propaganda.
Toda esta concepción, lamentablemente, se topa con la gran dificultad de ser viable, al librarse de escollos de envergadura como poderes económicos, gobiernos e incluso lectores. Pero a pesar de ello es incontestable que este periodismo comprometido siempre logra abrirse paso y cuenta con el beneplácito del gran público y de los profesionales. Demuestra una actitud más allá de la exigible, insertándose en un sentimiento de lucha por aspiraciones mayores.
  
Con todo ello, resulta llamativa la ausencia de este en su naturaleza ideal. Por norma general se observan corrientes periodísticas militantes, pero siempre bajo el yugo de partidos políticos, comunidades religiosas, empresas y demás focos de poder que desvirtúan su finalidad y lo transforman en un cúmulo de desinformación y propaganda. Esta resulta incluso más nociva cuando los medios camuflan su autentica orientación y se muestra neutrales, practica de lo más común hoy día, los cuales bajo apelativos grandilocuentes como “independiente” bombardean su mensaje a posibles receptores que la toman como tal.
Estas prácticas dibujan un panorama preocupante ante el cual no podemos cruzarnos de brazos. Recordando una brillante reflexión de Bertolt Brecht "El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma", podemos aplicarla a nuestra labor como periodistas, y asumir que tenemos el deber de elegir la forma correcta.

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