Es innegable que todos contamos con una serie de ideas y
valores, más o menos arraigados, que guían nuestros actos y en cierta manera,
deforman nuestra visión del mundo. El espectador de un telediario o el lector
de un periódico ante cualquier titular, aún pretendidamente veraz y objetivo, recibirá
la información junto con otra abultada cantidad de conjeturas, juicios de valor
y demás artíficos pergeñados por su mente subjetiva. Una labor encomiable sin
duda, la de tratar de hacer llegar la información reducida al mínimo objetivo
de la comunicación neutra de datos, pero también ingenua, pues olvida el
infinito cromatismo ideológico del público y los periodistas, que envolverá
cualquier intento de imparcialidad.
Se convierte por tanto en algo, si no imprescindible, si
necesario, dotar a nuestra labor periodística de un barniz militante, entendido
este como un enfoque más humano y comprometido con causas que considere justas.
Otorgamos valor a lo que trasmitimos, dando recorrido a nuestras ideas,
entendiendo la profesión como un medio para un fin más elevado que el de
informar, el de motor de perfeccionamiento y mejora social. Probablemente se
tropiece con la propia subjetividad del periodista, por ello la aspiración no
debe ser un ufano sentimiento de
neutralismo e imparcialidad, apostando por el tratamiento y la
consecución de una labor comprometida, responsable y honrada.
Para calibrar con acierto nuestra postura es absurdo
encadenarse a una enumeración fija de dogmas, debemos siempre tratar de buscar
el enfoque que consideremos más adecuado, habiendo para ello tomado en cuenta
muchos otros y descartarlos para alcanzar el que consideramos más cabal. Este
enfoque lo haremos nuestro, tratando de darle la mayor relevancia y defendiéndolo
ante posturas erróneas o nocivas.
En el proceso, de ser necesario, deberemos morder la posible
mano que nos da de comer e incluso confrontarnos con los más firmes de nuestros
seguidores al sentir que nuestra actitud es la justa. De igual modo aun habiendo
podido aupar ciertas ideas, e incluso siendo el foco de poder el depositario de
nuestros objetivos, esta actitud crítica debe permanecer, no entendida como una
ciega oposición, sino como una vigilancia coherente y que se adecúa a las
situaciones. Se configura así un poder real de la prensa cuando no actúa bajo
neutralidades cobardes o una politización de partido, que restringe cualquier
voz contraria y obedece a unos objetivos que no son los defendibles o
recomendables para la sociedad.
Por supuesto, esto provoca la aparición de diversas posturas
que defienden muy diversas realidades, y que apuestan por centrar el foco de su
interés en temas muy heterogéneos. En principio esto parece aumentar las
posibilidades del que pretende ser informado, que cuenta con un amplio abanico
de opciones y puntos de vista, pero con el predecible y perjudicial resultado
de una información viciada y confusa que obviamente hace desconfiar al
sobreexpuesto público. Trataremos por tanto de combatir este ambiente tan
contaminado con una defensa firme de nuestras ideas, pero no por ello tramposa.
Es crucial incorporar en nuestros trabajos una labor responsable, cargada de
razones y argumentos que convenzan, pero que se libren de todo oportunismo y
conveniencia. No se puede perder el rumbo en pos de una causa justa,
transformando información en propaganda.
Toda esta concepción, lamentablemente, se topa con la gran
dificultad de ser viable, al librarse de escollos de envergadura como poderes
económicos, gobiernos e incluso lectores. Pero a pesar de ello es incontestable
que este periodismo comprometido siempre logra abrirse paso y cuenta con el
beneplácito del gran público y de los profesionales. Demuestra una actitud más
allá de la exigible, insertándose en un sentimiento de lucha por aspiraciones
mayores.
Con todo ello, resulta llamativa la ausencia de este en su
naturaleza ideal. Por norma general se observan corrientes periodísticas
militantes, pero siempre bajo el yugo de partidos políticos, comunidades
religiosas, empresas y demás focos de poder que desvirtúan su finalidad y lo
transforman en un cúmulo de desinformación y propaganda. Esta resulta incluso
más nociva cuando los medios camuflan su autentica orientación y se muestra
neutrales, practica de lo más común hoy día, los cuales bajo apelativos
grandilocuentes como “independiente” bombardean su mensaje a posibles
receptores que la toman como tal.
Estas prácticas dibujan un panorama preocupante ante el cual
no podemos cruzarnos de brazos. Recordando una brillante reflexión de Bertolt
Brecht "El arte no es un espejo para
reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma", podemos aplicarla a nuestra labor como
periodistas, y asumir que tenemos el deber de elegir la forma correcta.
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