En el año 2000, los líderes mundiales
se reunieron en la Sede de Naciones Unidas para elaborar la Declaración
del Milenio, que los comprometía a establecer una serie de propósitos cuyo
plazo de vencimiento fijaron para el año 2015. Estos se condensan en ocho
puntos, conocidos como los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y enuncian una
serie de metas de carácter universal que buscan lograr un mayor bienestar y
desarrollo social. Uno de estos objetivos, imprescindible para lograr alcanzar
el resto, es conseguir instaurar la enseñanza primaria universal. El informe de
la ONU lo resume proponiendo que “para el año 2015, los niños y niñas de todo
el mundo puedan terminar un ciclo completo de enseñanza primaria”. En el texto
se apunta que a pesar de los ilusionantes avances es poco probable que se
alcancen los objetivos antes del plazo establecido.
En caso de no cumplirse finalmente
esta aspiración, las posibles consecuencias son obviamente poco esperanzadoras,
y más si tenemos en cuenta que los países con dificultades son los menos
desarrollados. Dejar a un pronunciado porcentaje de niños sin escolarizar en
estos territorios supone añadir un lastre muy pesado a su ya precario
desarrollo. Es por tanto lógico concluir que es crucial acabar con esta
dinámica para obtener resultados en otros aspectos irrenunciables para el
desarrollo humano, como la igualdad entre géneros, la sostenibilidad del medio
ambiente o la lucha contra el SIDA. Y para ello es imprescindible la
consecución de otro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio: “Erradicar la
pobreza extrema y el hambre”, además de lograr una mínima estabilidad, acabando
por ejemplo con los posibles conflictos bélicos que convulsionen a la población.
Enmendando el presente se puede tener esperanza en el futuro.
Es una realidad que si un niño no
puede alimentarse, o que si para hacerlo necesita ir a trabajar, es absurdo
pretender que acuda a la escuela. Poblaciones perseguidas o amenazadas por una
guerra no tendrán como un valor prioritario el escolarizar a sus hijos, ni
contarán con los medios para llevarlo a cabo. Asimismo, los desastres
naturales, la presencia de enfermedades, la dificultad para tratarlas o las
largas distancias con los centros escolares pueden ser motivos que propicien el
abandono del aprendizaje. Por tanto el primer trámite es asentar una base
solida en estos países, en la que puedan apoyarse para trazar su propio camino.
La mentalidad debe ser la de enseñar a pescar en vez de dar peces, favoreciendo
el avance de las naciones con sus propios medios, pero es improbable pescar sin
redes o en rio un revuelto, por lo que proporcionar infraestructuras y fomentar
la estabilidad suponen un impulso necesario.
Proyectos de ayuda como el de UNICEF,
que busca una mejora del nivel de vida priorizando a los más pequeños, deben
ser los primeros pasos de esa ruta para alcanzar la enseñanza primaria con
total garantía y en todo el globo. Las políticas deben ir dirigidas a dotar de
unas características óptimas el desarrollo de la labor educativa, movilizando
los recursos a favor de la conquista de una sociedad en la que la educación, y
especialmente la primaria, sea una institución accesible e imprescindible para
la población. El mantenimiento de este rango mínimo de bienestar que haga
posible la escolarización debe ser constante, y mantenerse en situaciones
extremas como o desastres naturales o conflictos armados de gran envergadura.
Se trata en definitiva de romper las
cadenas que impiden el desarrollo de estos países, y de proporcionar
oportunidades a sus ciudadanos. Si en su infancia no quedan atrapados en la
cárcel del trabajo o la enfermedad tendrán la oportunidad de formarse, aumentando
sus opciones y mejorando su desarrollo personal, lo que repercutirá en la
propia evolución de la sociedad. Pero es necesario dar este primer impulso con
el que cualquier nación pueda alcanzar el objetivo de la educación primaria
universal, a partir del cual además muchos de los Objetivos de Desarrollo del
Milenio serán por fin viables.
No hay comentarios:
Publicar un comentario