En España y, no nos engañemos, también en
Europa, no es la derecha sino la pasividad quien goza de mayoría absoluta. O
quizá la inoperancia. Las tenues llamas revolucionarias se prenden más fruto
del la desesperanza que de la pasión, y son sofocadas sin producir demasiada
humareda. El hartazgo no parece buen combustible. Y más cuando los “enemigos”, invirtiendo
el argot que nos traslada el Estado, utilizan el miedo y la mentira de forma
tan eficaz.
Se echa en falta pues una respuesta que no
nazca de mentes desalentadas, si no fruto de la pasión de unos hombres y
mujeres que creen en sus ideas y no funcionan en oposición a las del de arriba.
Un movimiento social que catalice a todo parado, indignado o cabreado,
cualquiera que desee cambiar las cosas. Combatir desde todos los ámbitos
sociales como un frente unido.
El momento no podría ser más oportuno, en un
contexto donde términos como “lucha de clases” emergen de nuevo y se
desempolvan las viejas clasificaciones de “burguesía” y “proletariado”, como
bien apunta Andrés Ortega en el articulo “El
regreso de la lucha de clases”, publicado en El País, en el que analiza la
evolución de las sociedades occidentales en los últimos años. Es obvio que la
situación no es la del s. XIX, o la de la Gran Depresión. Puede que sea peor.
De hecho, algunos analistas, como el premio Nobel de Economía
Paul Krugman, ya señalan que la crisis actual está alcanzando cotas hasta
ahora desconocidas. Por tanto, las consecuencias sociales también lo serán.
Los peligros de esta situación son diversos. Ya
que no solo retornan antiguos fenómenos, también aparecen nuevos. Como el
llamado “precariado”, concepto
desarrollado por la Fundación Friedrich Ebert, que hace referencia a esa masa social, formada
por varias generaciones, que vive situaciones de precariedad que acaban
provocando su exclusión social y económica.
Según Guy Standing, catedrático de Seguridad Economica de la Universidad
de Bath (Reino Unido), son personas expuestas a todo tipo de extremismos y
populismos, que han perdido su identidad y viven alienados. Un ejemplo claro de
como los “no ricos” son cada vez más pobres también ideológicamente.
Mientras, se enarbola la bandera de la crisis
para justificar el descuartizamiento del Estado del Bienestar. Los recortes,
disfrazados de reformas curativas, dilapidan los grandes avances conseguidos en
Dependencia, Sanidad, Educación y Pensiones, además de acabar con el derecho
laboral y la negociación colectiva. Todo ello auspiciado por un Estado en
continuo retroceso democrático, que utiliza su holgada mayoría en las urnas
para actuar de forma unilateral, ignorando al resto de la sociedad.
Esta actitud traspasa fronteras, e incluso
llega a las relaciones entre países. Casos como el de Grecia nos muestran cómo
una nación entera puede quedar aplastada por haber sucumbido a los poderes
económicos que dominan las relaciones internacionales. Estos países quedan
humillados, y a sus ciudadanos se les castiga por errores que no han cometido. Y
se sumergen cada vez más en la pobreza, al verse obligados a poner en marcha un
drástico plan de ajustes y recortes que los ahoga.
Ante este capitalismo autoritario emergente,
reflejado en la obra de Ivan Krastev “El
capitalismo autoritario contra la democracia”, la única respuesta razonable
es una contestación social activa. El último movimiento en esta dirección viene
comandado por un veterano líder de la izquierda, Julio Anguita, que se ofrece como
referente de un frente cívico interclasista que reaccione frente a la situación
de crisis económica y social.
Cuando quedarse perplejo no es una opción, se
hace imprescindible una respuesta social que trate de trasformar la realidad y
recuerde a la población que la unión y las ideas tienen verdadera fuerza de
cambio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario